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Esquina de estrellas

La vista se le torna gris, el mundo le da asco y siente en la piel el (no) dolor del vacío. Comienza a reconocer los nudos en la garganta y adivina que esta será una de las heridas que cuesta tanto cicatrizar. Observa a los autos correr a toda prisa, las luces de los mismos se ven nubladas a causa de las lágrimas todavía no nacidas. Advierte que comienza a llorar. Las gotas corren en sus largas piernas, aquellas admiradas por los hombres que no saben ver su alma.
Sentada en una esquina de San Telmo está derramando sus ganas. Se descarga, para volver a empezar.

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